Chinchines y Derbakes III
Abdel sonrió, había deseado a esa mujer desde aquel día que la conoció en casa de su tío. Ella estaba en edad casadera y sus padres deseaban que contrajera el sagrado vínculo, pero Ziyanak se oponía, quería estudiar y formar una vida occidental, estaba desencantada de las costumbres y no creía ya en las historias de amor y fantasías. Bueno, él tampoco creía, pero sabía que su cuerpo cantaba y lloraba por ella todas las noches. Amplió la sonrisa. Estaba seguro de que ella también lo sentía, pero lo negaba y le rehuía. — Y bien za’oga (esposa) ¿bailarás para mí? Ese era el precio de educar a una mujer fuera de las costumbres, crecían sin ley ni Dios. Recordaba con malicia las innumerables veces que la sedujo. — Espero que no me hayas propuesto lo que creo que acabo de escuchar, luz de luna –susurró una vez, varios soles atrás, en su oído y ella tembló con sus palabras.- Por que lo que me pides, sin estar casados, podría llevarnos a una dolorosa muerte –le besó entre la oreja y el cuello.— Abdel… –susurró ella.— ¿Por qué no deseas casarte, gacela? –preguntó demandante al tiempo que le acariciaba los hombros.
— Yo quiero estudiar y trabajar…
— No sueñas con un esposo e hijos –sentenció dolido, primera vez que anhelaba eso y la mujer que él buscaba lo rechazaba.
— No –le clavó esos ojos marrones.- No quiero ser un número en la cama de un hombre, quiero ser el amor en su vida, no la primera, ni segunda, ni tercera esposa –cuando comenzaba a hablar rápido su acento se confundía.
— Pero Alah permite a los hombres casarse…
— ¡Pero yo no quiero eso!
Abdel la miraba sorprendido, ofendido, admirado y confundido. Ella era una mujer… ¡no podía encararlo, ni interrumpirlo, ni mucho menos despreciarlo así!. — Morirás seca, mujer ingrata –siseó con un tono afilado como un alfanje.— Será mi decisión –apuntó ella antes de perderse por los recovecos de la casa de sus padres.— ¡Keft! (demonio) –masculló.
Pero ahora, ahora la tenía enfrente y era suya. Su za’oga. Gracias a excelentes negociaciones, una enorme dote y un trato directo con ella, lo había logrado. La contemplaba bañada por la dorada luz de las velas y rodeada del aroma sacro. Su piel brillaba tersa gracias a los aceites, en sus manos se exponían los sensuales tatuajes de henna con diseños florales hechos para la boda. La frente era adornada por un pequeño lazo de oro mientras que su cabello negro caía ondulado por sus hombros y espalda. Llevaba un corpiño rojo con bordados en oro y aplicaciones colgantes, desde los tirantes salían velos que tapaban sus brazos desde el codo hacia abajo del mismo color sangre. A sus caderas se ceñía un grueso cinturón lleno de aplicaciones en oro y monedas que caían o golpeaban entre ellas ofreciendo una amplia gama de sonidos replicantes; el faldón era compuesto por velos, rojos y largos, hasta los tobillos trenzados entre ellos pero que permitían ver las hermosas piernas morenas cuando ella andaba. En el tobillo izquierdo llevaba una pulsera de monedas.
— Danza, gacela –pidió cortando el tenso silencio en el que se encontraban-. Danza que yo tocaré para ti.
Bueno, aquí termina la tercera entrega de esta mini-saga. Espero de todo corazón que les haya gustado y ya saben que espero ansiosa sus post. Besos, Nae.
Chinchines y Derbakes II
Había una preciosa fuente central echa a base de divinos mosaiquillos de formas simétricas y suaves combinaciones de azul. Una columna de agua se levantaba de la pileta central manteniendo la superficie ondeante y agitando los pétalos de rosa que flotaban sobre ella.
Abdel Razak estaba sentado sobre el borde de la fuente con los ojos cerrados y la boquilla del narguile afirmada con su mano izquierda mientras exhalaba una columna de humo hacia arriba. Tenía el derbake entre las piernas apoyado en el suelo.
Ziyanak contuvo las ganas de salir corriendo del lugar y se dedicó a analizar a aquel hombre que la trastornaba, que le ofrecía el cielo y el infierno al mismo tiempo, a aquel Yinn (genio) que usaba su hermosura e inteligencia para hechizarla.
— Eres silenciosa luz de luna –abrió los sensuales ojos verdes y los fijó en ella-. A pesar de llevar el traje eres sigilosa como una gacela –sonrió enigmáticamente-. Una muy hermosa gacela.
— Laila Tiaba (buenas noches), Abdel –se acercó a la fuente y al hombre con pasos seguros y tratando de disimular su nerviosismo.
— Laila Tiaba, Ziyanak –respondió tranquilo mientras absorbía cada detalle del cuerpo femenino que tenía enfrente.
— Ann eazinak za’og (discúlpeme esposo) -comenzó ella-. Pero creo que…
— Espero que no estés tratando de convencerme que no bailarás para mí esta noche, flor de loto –intervino Abdel con la voz más grave y calmada que pudo-
Ella suspiró resignada y evitó mirarlo a los ojos, sabía que si lo hacía se perdería en ese mar turbulento y terminaría por zozobrar en él. “¡Alah! ¿por qué no me escuchas?”.
…
Hola, ¿cómo están?. Sé que el trozo que les acabo de colgar es pequeño, pero es que lo que viene no lo puedo segmentar… jejejej…. asi que esperen pronto la continuación. Ya saben si lo quieren luego, dejen post. Esa es la unica regla.
Bueno
Beso
Chinchines y Derbakes (Platillos y Tambores)
Sentía los suaves pétalos de rosa bajo sus pies descalzos, cada vez que los aprisionaba contra el suelo descargaban un tímido perfume dulce que la tranquilizaba un poco. Sólo un poco. Los velos transparentes y coloridos colgaban entre las columnas ofreciendo una apariencia misteriosa y sensual; el humo del incienso que se quemaba subía y caminaba por ellos acariciando las delgadas telas y, a veces, ondeándolos.
La dorada luz que despedían las velas, hacía que el lugar pareciera el paisaje de un sueño. Tragó saliva, supo que pronto lo vería. La música árabe comenzaba a invadir sus sentidos y la hipnotizaba, rebozaba de instrumentos y sonidos exóticos que le mandaban agitar las caderas y hacer repicar a su son las innumerables monedas doradas que pendían de su traje.
Caminó unos pasos más sintiendo como los velos se frotaban por su piel erizándola. Una mezcla de olores penetraba por sus fosas nasales, distinguía la mirra, el jazmín y, claro, el de las rosas por las que caminaba. Se detuvo de cara a un arco que se cortaba entre la pared de cemento y formaba una entrada preciosa. Avanzó unos pasos y vio las capas de mullidas alfombras persas cubrir el suelo y sobre ellas, más pétalos de rosas.
Inhaló fuertemente y junto con el aire intentó hacer acopio de todas las fuerzas que rondaran a su titubeante cuerpo. Debía enfrentarse a él. A él. La música se escuchaba más fuerte y sentía cómo se apoderaba de su cuerpo. Recipientes de bronce colgaban del techo liberando aromas de inciensos que se mezclaban con los provenientes del pasillo. Antorchas con tremendas llamas colgaban de las columnas interiores dándole un aspecto excitantemente salvaje a la habitación. Un entretejido de velos caía y formaba una especie de alto laberinto.
Con pasos trémulos y cuidados, no deseaba alertarlo de su presencia, se deslizó entre las transparentes telas de vívidos colores. Escuchó entonces, una rítmica y calmada melodía que destacaba entre la música ambiental. Era un Derbake, y él hacía cantar a los derbakes. Se acercó silenciosamente y lo vio.
El paisaje de mi corazón
Llevaba un buen rato observando el fabuloso paisaje que se plantaba ante mis ojos. El sabroso poder que infundía aquella mezquita se proyectaba sobre las rojas aguas del mediterráneo y conseguía embargarme. Esas hermosas torres y sus cúpulas infundían la paz más sacra que mi maltrecho corazón hubiese sentido jamás. Débiles rayos solares lograban proyectar sinuosos espacios dorados en un cielo dominado por los altivos azules nocturnos y llameantes rojos profundos. Las místicas construcciones recortaban el romántico y sobrecogedor paisaje con sus tonos tierra. La preciosidad de la escena casi me hizo olvidar mis problemas… casi. “Casi”, era la palabra clave.
Mi endeble y precaria embarcación no podría volver a la orilla una vez que los últimos rayos solares se apagaran. Tendría que privar mi vista de lo único que había logrado aquietar mi alma. El boga emprendió camino de vuelta sin siquiera consultármelo, sabía demasiado bien su trabajo. La ciudad y su mezquita se agrandaban ante mis ojos, mientras que el cielo y el mar desaparecían de la escena. La tristeza, incertidumbre y abatimiento me dominaron justo en el momento en que las sombras abarcaron todo… oscuridad y penumbra, lo mismo que se adueñaba de mi corazón. Mis pies cobraron vida y dirigieron mis pasos por calles estrechas y marrones que cubiertas de telas estampadas, destellos de oro y olores de especies, despertaban los sentidos. La hermosa habitación del hotel donde me hospedaba seguía igual de luminosa y alegre que cuando la dejé. Las melodiosas tonadas religiosas de la ultima oración diaria aún sonaban en mi cabeza, quizás, aquella música celestial era la que impedía que las lágrimas se colaran por mis pestañas.
Una insistente luz roja parpadeaba quebrando el espíritu antiguo y tranquilo de la habitación. Un mensaje en la máquina contestadota; no lo escucharía, no lo respondería, lo anularía de mi vida tal y cómo él antes hizo conmigo… gracias a mi meditación y al revelador sentimiento de paz y satisfacción que este mundo me inspiraba pude entender que mis decisiones nunca fueron erradas y que nada del pasado podría atormentarme de nuevo… ¡tierra para los fantasmas y sol para los vivos!.
Vuelvo para dejarles otra historia que inventé para la U, sí dirán… ¡pero bueno es que nos subirá alguna vez una creada especialmente!… mmm… sí, pienso escribir unas, pero… no sé, no estoy segura. ¡Siempre pueden postear y darme sugerencias!.¡¡Besos de arándanos cubiertos de chocolate!!
Extracto de un diario.
Bueno gente, es agradable saber que hay personas que leen las locuras que uno escribe. Aunque estaría más contenta si todos mis lectores dejaran un recuerdo (no es necesario tener un cuenta para hacerlo).
Agradesco a las chicas de la web que como siempre se portan estupendo. Besos a Lunita y a Cris.
Ahora, el trozo que se viene… bien, lo escribí para una clase de imágenes (yo vengo y les doy la lata con la historia); saqué una foto de un montón de la mesa del profesor y tuve que inventarme algo con ella. La imagen muestra a una familia montada sobre uno de los primeros autos que el mundo vió, todos muy arreglados y sonrientes.
Espero que les guste ¡¡¡¡y que me premien con sus post!!!!, besitos para todos y luego veré si les subo otra mini historia o la receta de mis famosas galletas de avena (famosas entre mi famia y amigos ¬¬’).
Miércoles 15 de agosto, 1952.
Corría una época donde la vida era más fácil cada día. Miles de adelantos nos inundaban y nuestras costumbres mutaban frente a la inminente facilidad que se apoderaba de la cotidianidad.
Gracias a una pequeña máquina negra apoyada sobre unos pies postizos, tuve la oportunidad de inmortalizar un momento de especial felicidad. Cada vez que contemplo la fotografía mis ojos se empañan con lágrimas dulces de emoción. ¡Qué mágico poder de mantenernos imperecederos!.
Aquel bendito vehículo nos permitió recorrer el hermoso país en el que vivíamos y conocer soñados balnearios. ¡Todo fue tan feliz en aquellos años!.
Mi querido José lucía orgulloso frente a la nueva adquisición familiar y Josefa, mi preciada hija, miraba sin asombro los adelantos que para ella serían naturales. Yo me mantenía incólume, como buena dama de sociedad, tratando de no exteriorizar emociones. ¡Pero por Dios que era feliz en aquellos primaverales días de mi vida!.
Ahora mi alegría se restringe a las ocasionales visitas de mis hijos y nietos. Libros y un mañoso gato son mi compañía desde la partida de mi adorado José. Por esto, prefiero limitarme a escribir mis recuerdos y plasmar en hojas mi felicidad pasada, con el propósito que estos días no se vuelen de mi memoria como hojas secas en el otoño. No deseo olvidar. Y me propongo a no hacerlo.
Recuerda Amelia, recuerda. Rescata de tu añosa cabeza los momentos que te darán luz en el invierno de tu existencia.
¡Recuerda Amelia, recuerda y vive!.
Bien ahí quedó el “extracto de diario”; no sé a ustedes, pero a mi me da un poco de penita. Saludos para todas y todos, cuídense mucho.
¡¡Nos leemos!!.
Nae.